Manolito Gafotas
I.
Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con nuevo, pensaba:
—Cómo molo.
Yo reconozco que es una frase un poco rara para decirla en voz alta, a no ser que seas como Yihad, pero estoy seguro de que pensarla la piensa mucha gente. La piensa de la piscina de mi barrio, : de vez en cuando, veo que se mira su superbíceps, y me corto un brazo si ese tío no está pensando: «Cómo molo». La piensa Bernabé cuando se peina con agua por la mañana y antes de salir a la calle se vuelve un momento para mirarse en el espejo del portal. Yo le veo sonreír y pensar: «Cómo molo». La piensa mi abuelo cuando se pone de las Tortugas Ninja y se baja a comprar el pan y la panadera le dice:
—Hay que ver lo bien que le pinta a usted ese chándal de las Tortugas Ninja. Le hace cincuenta años más joven.
si mi abuelo no piensa en esos precisos instantes:
—Cómo molo.
Lo piensa la Susana cuando pasa delante del banco del parque del Ahorcado donde estamos sentados Yihad, yo y el Orejones, y dejamos por un momento de insultarnos y de aburrirnos para mirarla como se va sin decirnos ni ahí os quedáis. Seguro que en el interior de su mente enigmática hay una frase con dos palabras que dice:
—Cómo molo.
Así que cuando yo me vi con aquel bañador de palmeras salvajes, hinchara el pecho, y después de un rato (es que me di un poco fuerte) pensara lo mismo que pensaban las personas que acabo de nombrar. Yo también soy humano. Lancé delante del espejo un grito que hubiera dejado a la mismísima mona de Tarzán, al tiempo que pensaba para mis adentros y con todas mis fuerzas:
—¡Cómo mooooooolooooooo!.
Nos íbamos a pero eso no era lo mejor: lo mejor era que íbamos a la piscina sin mi madre. Yo a mi madre la quiero hasta la muerte mortal pero en la piscina tenemos nuestras pequeñas diferencias: a ella no le gusta que hagamos gárgaras espectaculares, pedorretas acuáticas, que la , que nos tiremos a estilo bomba o cuando pasa por nuestro lado. No entiende ese tipo de . A mí no me gusta que me embadurne cada cinco minutos de crema, que me haga guardar dos horas de digestión y que me haga vestirme con ella en los vestuarios de chicas para tenerme controlado.
II.
La verdad es que nos costó mucho arrancar porque mi madre se empeñó en vaciarnos el contenido de en . Iba ya por el décimo yogur cuando mi abuelo se interpuso entre la mochila y ella, y gritó:
—¡Catalina, por Dios, que no nos vamos a escalar !
Mi madre, que , pasó a la acción con otro tipo de cosas: nos metió la crema de protección 18 para el Imbécil, y las palas y los cubitos y el flotador, y dos bañadores de repuesto y dos , y unas y por si pisábamos unos cristales de una litrona que acabaran de romper unos macarras. Ella siempre se pone en lo más trágico. Así estoy yo, completamente enfermo de los nervios. Muchas veces me da por pensar en qué programa de sucesos de la tele me gustaría salir si me ocurriera una desgracia terrible. Mi señorita dice que tengo el cerebro destrozado de imaginar las barbaridades terribles que salen por la televisión. A mí me basta con las barbaridades terribles que se le ocurren a mi madre. De verdad, deberían contratarla en Hollywood para escribir la décima parte de Viernes 13.
Nos dio veinticinco besos en persona y nos tiró otros veinticinco por la ventana. Ya creíamos que nos habíamos librado de ella, cuando surgió como loca de una esquina. ¡Qué nos dio! Sólo quería recordamos lo de la crema del Imbécil, y que le mojáramos la cabeza, y que le pusiéramos la gorra y que, por favor, no nos ahogáramos, que era muy desagradable. Por una vez, estábamos de acuerdo.
Nuestro día espectacular lo empezamos regular. Mi abuelo el cuidador de la piscina porque el señor cuidador decía que mi abuelo tenía que ponerse en bañador y mi abuelo decía que . Aunque no te lo creas, mi abuelo no se ha puesto en bañador en su vida y tiene la barriga como si se la hubiesen lavado con . El señor cuidador estaba empeñado en que mi abuelo se desnudase y mi abuelo le dijo al señor cuidador:
—No lo puedo entender. ¿Qué interés tiene usted en ver desnudo a un viejo? Que se lo diga mi nieto: no merece la pena.
Yo se lo dije al señor cuidador y era verdad: mi abuelo desnudo no es nada espectacular.
Al final llegaron a un acuerdo: mi abuelo aceptó cambiarse por que habíamos traído para el Imbécil. El cuidador dijo:
—Bueno, esto ya es otra cosa, ya está usted más presentable.
Los cuidadores de piscina tienen unos gustos muy extraños.
Por fin nos dejaron pasar. Mi abuelo se sentó en un banco de la piscina, se quitó la dentadura (para que luego digan que no se desnuda) y a los cinco minutos con la boca abierta mirando al sol. Así es mi abuelo: como los girasoles. El Orejones y yo le pusimos unas gafas rosas de plástico auténtico del Imbécil para que no le diera el sol en los ojos, y nos fuimos oyendo sus a nuestras espaldas.
Al Imbécil lo dejamos en la piscina de pequeños con todas sus palas y sus , y nosotros nos fuimos a hacernos unas ahogadillas mortales .
III.
Estuvimos a punto de ahogarnos de la risa en bastantes ocasiones. Tirábamos mis gafas al fondo y buceábamos para rescatarlas. En fin, esas cosas tronchantes que a mi madre no le hacen ninguna gracia.
Nos intentamos tirar de cabeza, pero de momento sólo conseguimos aterrizar con la . Es bastante doloroso pero hay cosas peores en la vida: ir al colegio, por ejemplo. Además, en mi barrio casi todos los niños se tiran en plancha, y ninguno se queja en voz alta. Sólo de vez en cuando nos echamos la mano a la tripa con un gesto terrible de dolor. Somos gente dura.
El Orejones se tiró tan fuerte que le empezó a salir sangre por la nariz. Al Orejones le sale sangre por la nariz todos los días, si no es por una cosa es por otra. La sita Espe dice que es psicológico, pero vamos, yo puedo afirmar que en esta ocasión no fue psicológico, fue porque el Orejones se pegó un planchazo que casi saca toda el agua de la piscina el tío.
Le salía tanta que los dos pensamos que lo mejor que podía hacer era quedarse metido en la piscina y limpiarse con el agua, que como tiene cloro, posee poderes .
Al momento ya estaban allí dos señoras que traían al socorrista y todo para que nos echara. Una de ellas estaba tan indignada que le quitó y todo al socorrista para amenazamos a pitadas. Qué numerazo. Decían las señoras que y que dónde estaban nuestras madres para enseñarnos . Las señoras a veces no tienen humanidad. Sólo les conmueve la sangre de las películas, la sangre de verdad les da asco. Una de ellas le metió en la nariz al Orejones, que . Encima les tuve que dar las gracias. Se las di yo, claro. El Orejones no tiene , lo que tiene es mucho morro.
Cuando se cortó la hemorragia volvimos al lugar del crimen, a la piscina, y pasamos un buen rato haciendo una alucinante pelea de cocodrilos; una pelea muy realista, valía morder y todo. Con este tipo de juegos nos mosqueamos enseguida. Es muy difícil controlarse a la hora de pegarle un mordisco al enemigo, así que nos sentamos en la escalerilla. El Orejones miró su fantástico reloj submarino: llevábamos media hora luchando en el agua y una hora desde que dejamos a mi abuelo .
Ya teníamos los dedos como los garbanzos . Pensamos que había llegado ese momento crucial en que un abuelo te da dinero para un helado.
Cuando íbamos hacia el banco de mi abuelo vimos a un grupo de señoras (incluidas las dos de antes) que rodeaban a un niño tumbado boca arriba con veinticinco palas en la mano. El niño estaba rojo como esos cangrejos que le gusta tanto chupar a mi madre. El niño rojo era mi hermano. Yo me puse a llorar inmediatamente. Lloraba por ver a mi hermano tan rojo y porque las señoras a mi abuelo porque decían que era un abuelo . El socorrista de los superbíceps cogió en brazos a mi hermano para montarlo en un taxi y que lo lleváramos al hospital. Mi abuelo y yo llorábamos andando detrás del socorrista. Parecía . Me salían tantas lágrimas que no veía nada detrás de las gafas. Las señoras decían que seguro que el Imbécil tenía un cuadro de . Eso debía de ser terrible.
Cuando llegamos al hospital llamé a mi madre para tranquilizarla y le dije:
—No te preocupes: es un caso a vida o muerte. Ven sin pérdida de tiempo.